Es cierto que tienes derecho a ir tras tu sueño, a elegir tu camino y tus compañeros de viaje. Que tienes derecho a equivocarte y rectificar o, si te place, a permanecer en el error por todo el tiempo. Es cierto que puedes planear un viaje sobre una nube y luego acabar arrastrandote por el suelo, que desees ser el propio conductor de tu vida y acabes siendo una bestia de carga, dirigida por algún tirano interno. Estas cosas te son posibles y legitimas, en aras de tu libertad de escoger.
¡Como me gustaría que todo eso te hiciera feliz!
Lo bueno de ejercer el libre albedrío es que tú eres el responsable único de todo cuanto te acontezcs, de lo que venga tras la elección hacia la realización de tu propio deseo.
En tu derecho de hacer como mejor te apetezca está implícito el deber de asumir las consecuencias, unas veces favorables y otras perjudiciales, sueños rotos incluidos.
La vida es corta pero no lo suficiente para no tener que pasar por caja, para no tener que pagar los platos rotos tuyos y los rotos por tus compañeros de viaje. La vida, a pesar de ser tan corta, dura lo suficiente como para recoger el fruto de lo sembrado, sea este bueno o malo.
¡Cómo me gustaría que todo lo que escojas te hiciera feliz!
Permíteme que lo dude, que pensando piense y observando observe un fallo en tu previsión. La dirección escogida no es la correcta. Porque para ser feliz, todo el egoismo sobra.

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