martes
MI PADRE
Padre mío, desde el inicio de tus creaciones, tu poder y sabiduría son manifiestos, son evidentes, y fueron imprescindibles para llevar a cabo tal proeza de diseño y fundamentación de tantos materiales que componen el universo. Esto no admite discusiones en las que la mente humana, con sus infinitas limitaciones, no salga muy abrumada y desconcertada. Es por este motivo que el hombre busca toda clase de excusas y argucias para no encontrarse contigo y reconocer tu grandeza, y busca anularte del pensamiento como el autor indiscutible de todo lo creado por ti. Aunque les sea vital seguir disfrutando del compuesto del aire que respira, y que tú mismo has diseñado para la subsistencia suya, se alejan de ti para su mal.
Acostumbrado como el humano está a ser acaparador de cosas costosas, que a la postre le esclavizan, le cuesta comprender que tantas donaciones de parte tuya le hayan sido dadas para su bien, sin otra contrapartida que no sea el respeto y la obediencia a tan magnífico benefactor. Sin embargo, el hecho es bien evidente; que todos sin excepción, tenemos a nuestra disposición tantos elementos para nuestra supervivencia.
Pero durante la historia aparece en su esplendor la mezquindad humana para adueñarse de los medios de subsistencia de sus iguales, para apresar o hacerse los manipuladores de la vida de otros humanos y de sus proles.
Nada que objetar a tu abrumador surtido de provisiones, a la abundancia de exquisiteces, pero una reprobación absoluta del exacerbado egoísmo de los que, en nombre propio se arrogan todo tipo de derechos sobre la vida de los demás. Y en cuanto a la justicia se refiere, no hay mayor injusticia que no ser agradecidos, y no devolver ni las gracias a quién tanto nos dió de sí mismo para nuestro bien. Por lo tanto te suplico que perdones mis descuidos y revises mis contenidos, no sea que me vuelva tan insensible como uno de esos cantos rodados que arrastra el agua del arroyo. Sigue dándome como padre ese consejo pertinente y esa corrección imprescindible ante mi limitada pequeñez. Que tus brazos protectores sean el refugio de mis días grises, y el apoyo fiel en mis noches de desvelos, no cabe esperar menos del padre de amor verdadero.
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